Historia de un cerebro

cerebro

Cuando llegué al mundo tenía ciertos surcos ya formados. A pesar de ello, eran muchas las hendiduras y conexiones que aún debía incorporar.

Todo era nuevo, me dirigí hacia el mundo exterior para absorber como una esponja lo muchísimo que aún me faltaba.

No crean que solo aprendí qué tenía que hacer y cómo conectarme para caminar, o para controlar el pis, o para hablar. Aprendí cómo pensar, cómo enfrentarme a todas las situaciones, adquirí emociones y la manera de asociarlas… Todo ello lo asimilé de padres, amigos, profesores y el resto de la gente que me rodeaba.

Con 3 años de edad ya disponía de un gran repertorio adquirido, consolidado y bastante estable. La formación continuó los años siguientes, hasta mi adolescencia, pero marcada por lo ya incorporado. En ocasiones todo lo que he asimilado y conectado me hace vivir mal: triste, ansioso, con miedo. Y como adulto me toca nuevamente formarme para llegar a hacerlo bien. Este nuevo aprendizaje maduro genera otra huella neuronal interior que podrá ser más grande que la anterior si lo trabajo con esfuerzo y constancia.

Mi capacidad para adquirir conocimientos no desaparece nunca.

“Soy el único órgano permanentemente inacabado”.

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