La (mala) costumbre de compararnos continuamente con los demás

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Las comparaciones

Existe una tendencia a pensar que por que ciertas personas puedan tener un físico agradable, unos bienes materiales determinados o una familia concreta, están sacando más provecho a su vida. Incluso, también podemos llegar a creer que seríamos más felices si tuviéramos el éxito que ellos tienen. Sin embargo, la realidad no es esa.

Es cierto que nuestra mente se pasa el día comparando de forma natural, pero no debemos olvidarnos de que la comparación se basa en el juicio y que al creer esos pensamientos, lo que hacemos es dividir la realidad en términos opuestos: bueno o malo, suficiente o insuficiente, éxito o fracaso, etc.

El sufrimiento de la comparación

Nuestra mente compara lo que es con lo que creemos que debería ser y la sensación continua de que hay algo que falta, genera sentimientos de carencia y de distanciamiento de los demás.

En cierto modo, la comparación genera una competitividad que no es sana, pues nos lleva a infravalorarnos o a ponernos por encima de los demás. El problema de la comparación es que no nos permite valorar aquello que hemos conseguido o aquello que tenemos, sino que contribuye a que minimicemos nuestros propios éxitos, resultando dañina para nosotros y para nuestra autoestima: nos lleva a rechazar quiénes somos y no nos ayuda a mejorar en aquello con lo que no estamos conformes.

Al compararnos, sea cual sea nuestra posición, sufrimos. Si estamos continuamente ansiando lo que tienen los demás nunca tendremos suficiente. Resulta un círculo vicioso que aboca a la infelicidad y
a la sensación permanente de no estar dónde tendría que estar y de no ser quién tendría que ser.


Ya sea que nos relacionemos con los demás desde la infravaloración o desde la superioridad, adoptamos ese rol perdiendo autenticidad, pues hay algo que tengo que esconder, ya sea el sentimiento de estar por debajo o por encima, y no muestro mi verdadero yo. Esto nos impide construir relaciones sólidas, de corazón a corazón, y nos hace llenar la vida de relaciones superficiales construidas por necesidad o conveniencia, al mismo tiempo que nos sentimos incomprendidos o desconectados.


Al compararnos, dejamos de vivir en la realidad y dejamos de vernos como somos, pues tenemos una idea de cómo se supone que debe ser nuestro presente y una imagen de cómo se supone que debemos ser. Ponemos la lupa en la carencia y acabamos pensando que algo en nuestra vida no ha ido bien o que algo en nosotros no está bien.


Habitualmente, en las comparaciones no aplicamos la regla de en igualdad de condiciones. Supongamos, por ejemplo, que un compañero de trabajo nuestro ha terminado ha tiempo la entrega de un informe, pero nosotros no. En ese momento, empezamos a hacer comparaciones dañinas para nosotros del tipo: él es mejor que yo, yo no soy igual de capaz o eficaz, no merezco este puesto tanto como él, etc. Sin embargo, quizás la situación actual de nuestro compañero es diferente a la nuestra, pero a la hora
de realizar esa comparación, se me olvida mirar la historia completa: he tenido que cuidar a mi hijo enfermo, he tenido varias reuniones de trabajo esta semana fuera de la ciudad, etc.


Cuando no tenemos en cuenta todos los elementos propios y de la otra persona, no vemos que probablemente la otra persona tenga ciertas fortalezas o habilidades que yo no tengo, pero que yo tengo otras que el de al lado no tiene. Simplemente, nos limitamos a coger de manera aislada aquello con lo que no estamos conformes de nosotros mismos y nos comparamos con las personas que sí destacan en eso. Por ejemplo, si considero que toco mal la guitarra y me comparo con una persona que es excepcional tocando la guitarra, concluiré que no tengo capacidad para ello. Actualmente, las redes sociales han generado un impacto tremendo en el desarrollo de las comparaciones, llevando a muchas
personas a concluir que su vida no es igual de buena o especial que la de otras personas, por ejemplo.


¿Qué podemos hacer para no caer en el acto de compararse?

  1. Identifica en qué momentos te comparas, en qué contextos lo haces y cuál es el propósito que buscas conseguir a través de la comparación.
  2. Reflexiona acerca de si la comparación te ayuda a lograr aquello que quieres o te limita.
  3. Observa toda tu historia para poder ser más justo contigo mismo y entender por qué no has podido llegar a lograr algún objetivo determinado, así como para valorarte más a ti y todo lo que sí has logrado. Centrarte solamente en lo que te falta no te permite disfrutar de lo logrado
  4. Los objetivos que te marques es importante que salgan de ti mismo y no de la comparación externa.
  5. Desarrollar aceptación y compasión hacia ti mismo. La única forma verdadera de disfrutar de ser uno mismo es realmente ser uno mismo.

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Las comparaciones excesivas provocan un profundo malestar psicológico, pues detrás de ellas suele haber problemas de autoestima, obsesión por un canon de belleza, o autoexigencia y perfeccionismo. Si crees que necesitas ayuda profesional, desde Psania estaremos encantados de proporcionarte los servicios adecuados para que puedas trabajar en la recuperación de tu bienestar.

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